Cándida siempre fue una crédula, desde que era muy niña creyó siempre en todo lo que la gente le contaba. Era invariablemente incapaz de poner en tela de juicio lo que alguien que llegara al rancho le contara, como si cada persona que regresara de haber visto el mundo que había detrás de los cerros de la comunidad de Las Tortugas, fuese dueña de una verdad irrefutable.
De todos modos, pensaba Cándida, ellos saben más que yo y que ninguno de por acá. Aquellos que tenían la fortuna de salir del pueblo, como todos le llamaban a su pequeña comunidad entre cerros, a unos cuántos kilómetros de Santa María del Río en Sn. Luis Potosí; regresaban siempre llenos de historias para contar de lo que pasaba en San Luis, en Santa María, en México, o mejor aún, del otro lado. Así que la pequeña Cándida y sus hermanos, esperaban siempre la temporada de las heladas para que regresaran los que se habían ido, a celebrar la noche buena en compañía de la familia, para escuchar todo lo que tuvieran que contarles.
Los años pasaron y con ellos los hermanos de Cándida también partieron, poco a poco fueron olvidándose de volver al pueblo; hasta que llegó el día en que sólo los veía en las fotos que sus hermanos le enviaban a la mamá. La única que siempre volvía, aunque fuera unos días era Linda, la hermana mayor de Cándida.
Cada vez que Linda volvía al pueblo era por pocos días, porque su señor, así le decía Linda a su marido, la ocupaba de regreso pronto. Y así era año tras año, hasta que una vez Linda ya no dejó otra vez el pueblo, y volvió a su vida de antes, a ser la hija de don Rómulo Hernández, y la hermana de la crédula Cándida. Una mañana, Cándida apenas abría los ojos al sol, cuando notó que Linda la miraba desde la puerta y entonces le dijo:
-Ay, Candi, roncas como un oso.
-¿Y tú cómo sabes cómo ronca un oso? Nunca haz visto uno tan siquiera.
-No, pero me imagino, porque así mismo roncaba mi señor, cada noche era una lata, siempre a ronca y ronca. Una vez, de tan fuerte que roncó me desperté pensando que en vez de estar con mi marido, estaba yo junto a un osote. Ten cuidado Candi, no le vaya a pasar a tu señor como a mí con el mío, que de tanta roncadera me cansó.
-¿Por eso ya no volviste dónde él?
-Si, por eso. Le respondió su hermana, para no entrar en más detalles.
Con la idea del oso roncando se quedo Cándida Hernández ese día, y los que de vida le quedaron. La historia de Linda fue razón suficiente para que Cándida no intentará conciliar el sueño otra vez. Se acostumbro con los años a despertar sobresaltada cada vez que estaba a punto de quedarse profundamente dormida. Aprendió Cándida a vencer cualquier tipo de cansancio y a no dejarse llevar por la tentación del placentero sueño.
Durante mucho tiempo se convirtió en veladora del sueño ajeno. Del de su hermana Linda, con quien para su desgracia compartía la cama. Y quien además se daba el lujo de dormir a pierna suelta. Al paso de los años aprendió a velar también el de su marido, sorprendida de que siendo un hombre tan grande como un oso, durmiera tan placida y profundamente como un bebé, sin hacer siquiera un suspiro, menos aun un ronquido ¿Cómo iba a permitirse entonces ella el sueño profundo? Si su marido la escuchaba roncar como un oso, seguro saltaría a mitad de la noche entre los cerros y se perdería en la inmensidad que había detrás de ellos, para no volver jamás.
Cuando nacieron los hijos, cuatro, varones todos Cándida encontró el pretexto ideal para distraer los pocos minutos que de descanso nocturno se permitía, no fuera a darse el caso que su ronquido de oso asustara a los niños y se quedaran pasmados del susto. Como le ocurrió al hijo de Elvia, su amiga de la infancia, que desde que lo persiguió una cabra loca, nunca más volvió a hablar. O eso le dijeron a Cándida, porque nunca lo supo de boca de su amiga, Elvia y su familia dejaron Tortugas después del susto.
Con cada alumbramiento, Cándida lucía más cansada, avejentada y desencantada que con el anterior: - ¿Y cómo no?, decían en el pueblo, si el malhombre ese ni descansar la deja, apenas cumplió Candi la cuarentena, cuando ya la tiene de encargo otra vez.
Con veinte años mal comidos y mal dormidos, cuatro hijos pequeños, un marido malhombre, y la creencia de todo. Llegó el día en que Candi no pudo seguir sin dormir, y después de haber cocido frijoles, bañado a los niños, echado tortillas, y pastado a las vacas, se entregó Cándida al sueño más feliz y cálido de su vida, pero también al más largo. La crédula Cándida, ya no despertó.