¿Te cuento cómo sucedió? Aunque en realidad no estoy segura de que seré objetiva, trataré de apegarme a los hechos. Al despertar, después del incendio me sentía aturdida, la conciencia me daba vueltas, tantas que hasta hoy no sé si habían pasado unos instantes apenas o si se había agotado la luna por entero. Lo único que podía saber era lo que había ocurrido. Te encontré al sol de mediodía justo a la salida de aquella estación del metro, situada en un emblemático punto de la ciudad de México, aquel lugar en cuya plaza convergen: tres culturas, un dos de octubre y el recuerdo de los gigantes caídos veinte años después. Vestías esa divertida playera color rojo carmín, que invita con una sugerente caricatura a la paz (Make love not war). Mientras te acercabas te veía cada vez más hermoso, más que siempre, mucho más que nunca. Al llegar a mi encuentro un efusivo y cálido abrazo, el primer indicio de lo que nos ocurrió después. Tomados de la mano, inseparables, atravesamos corriendo a Dn. Manuel González. Por fin llegamos, a la vista escaleras, interminables escaleras que me llevaron a dejar atrás la paz interior a cada paso. - ¡Qué hermosa figura tienes! ¿Por qué cada vez eres más bella? - No te burles, como si no fuera evidente que he subido de peso. La puerta de tu casa nos anunció el final de aquella conversación. - Entra por favor. Bienvenida a mi humilde casa, ponte cómoda en la sala. Dijiste mientras señalabas los cojines esparcidos por el piso.- ¿Quieres comer algo? Justo me “preparaba algo” para desayunar.- ¿Desayunar a las 12:00? Te pregunto, y como única respuesta encoges los hombros.- No gracias, yo no tengo hambre, sólo un poco de agua, por favor. ¡Agua! Justamente me diste hasta la última gota que del líquido te quedaba. Si hubiera sabido lo que nos esperaba guardo un poco, para después del incendio. Pero no lo sabía, lo intuía y lo deseaba, aunque no lo tenía por cierto. Me observabas con detenimiento desde el umbral de la cocina, descuidaste el conato de desayuno que tenías sobre la lumbre de la estufa. - ¡Se quema!- Sí, se quema, hace mucho que amenaza con hacerlo; pero hoy estás aquí la incertidumbre terminó.- Ja, no tonto, se quema el desayuno, anda déjame pasar. No quiero que por mi culpa te alimentes peor, porque mira que desde que te conozco tú siempre has… Un beso que no pidió permiso impone el silencio. Desesperados y emotivos: ¡Cuánto te Amo!, ¡Te he extrañado tanto!, que apenas se dejan oír van dejando a su paso nuestra ropa por el camino. El calor es insoportable, nos invade un desasosiego que sólo habíamos conocido tantos años atrás cuando vislumbramos por vez primera la posibilidad de la llama. El abraso de dos almas que se aman y un abrazo más de los cuerpos que se pertenecen, que se añoran, que se encuentran. El fuego es incontenible y la piel trata de apagarlo con agua de sal pero no lo consigue sólo lo aviva más. Gracias por ello. El sol no detuvo su caminata a través del cielo. Cuando comenzaba a despedirse, el incendio termino ¿o lo extinguimos? De tu desayuno y nuestras sábanas quedaron sólo cenizas. Cenizas que se mezclaron con las lágrimas, las risas y los sueños para llenar el vacío, para ocuparlo con las más maravillosas memorias que nos llevamos uno del otro. El humo proveniente de la cocina me trae de nuevo a la realidad. - ¡Despierta, nos incendiamos!- Ya lo sé, lo sentí. Pero por favor amor, antes de que te alejes de nuevo. Cuéntame ¿Cómo sucedió?
AER*14010?*